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El nuevo asociacionismo empresarial en la industria del golf

 

El golf es, para la mayoría, un deporte, un juego, ocio. Es, incluso, para algunos, un estilo de vida. Pero detrás hay una industria que opera como cualquier otra, en la que la inversión pública y privada genera una actividad económica que produce puestos de trabajo y riqueza, pero que también debe ser entendida con criterios económicos, y como tal pretende ser rentable para aquellos que invierten en ella.

Salvo aquellos sectores empresariales considerados de interés general y que justifican estar basados en la inversión pública, el resto no existiría sin la inversión privada, y esta tampoco invertiría si no encontrase en ese sector oportunidades de negocio. Si un sector no es rentable nadie invierte en él y desaparece.

En los últimos años sólo los campos de golf orientados al turismo han crecido y son rentables. Es una afirmación con carácter general, por supuesto, pero la crisis ha pasado como un rodillo sobre los campos orientados al cliente doméstico, porque este ha sufrido también y ha perdido poder adquisitivo y porque las administraciones terminaron de rematar al enfermo subiendo de un día para otro el IVA del 8 al 21%. Ese 13% diferencial no pudo repercutirse a las tarifas porque el cliente no lo digería. Los campos de socios han soportado mejor la situación, pero los pay&play aun languidecen esperando algo de luz al final de un túnel ya demasiado largo.

El decano de los campos de golf españoles cumplió 125 años el año pasado. El golf no es nuevo en España. Pero sorprendentemente es un sector que, desde el punto de vista empresarial, ha sido ignorado por la Administración, y no se encuentra regulado, con sus particularidades, porque el golf es muy particular debido a factores urbanísticos, medioambientales, laborales y sociales. Hoy en día sigue sin estarlo. Impuestos como el IBI consideran a menudo el 100% de la superficie de un campo de golf como urbana, o la tasa municipal de actividad que grava a cualquier negocio, lo equipara con cualquier otra superficie de uso deportivo (imagine si una tasa de actividad media de unos 5€/ m2, pensada para aplicarse sobre un campo de fútbol o una pista de tenis, se aplica sobre un campo de golf de 700.000 m2 de superficie).

Además, por sus características medioambientales debe ser un actor relevante frente a las administraciones para regular el uso y procedencia del agua, por ejemplo, gestionando un mensaje ecológico de sostenibilidad frente a la opinión pública, cosa que ahora no ocurre. Incluso como patronal, en la reciente modificación del texto del Convenio de Instalaciones deportivas sobre el que se rigen buena parte de los campos de golf, se negocian epígrafes específicos para el golf, y perjudiciales, sin que ningún representante de nuestra industria esté sentado en esa mesa. No sólo no existimos sino que además, ahora, se negocia y regula  en nuestro nombre.

Quizás muchos lectores desconozcan que la Administración ha aprobado recientemente una normativa que regula el uso de productos químicos en los campos de golf y que es más garantista con estos que, por ejemplo, con parques y jardines, y que es tan severa que de no modificarse hace insostenible los greenes de agrostis en buena parte de España.

En otro ámbito, todos los aficionados al golf son conscientes de la mala imagen de que goza nuestro deporte frente a la opinión pública. Deporte elitista, asociado a la corrupción urbanística, derrochador de agua, etc. En cuántos foros un jugador de golf prefiere incluso no manifestarse como aficionado como si fuera algo de lo que avergonzarse. Hay que revertir el mensaje porque la realidad es muy distinta a la que algunos cuentan.

Dicho lo anterior, el mensaje no es victimismo porque la culpa la tiene precisamente nuestra industria, que no ha sido capaz durante todo este tiempo de defender sus intereses comunes.

Según el diccionario, se define asociacionismo como la “Tendencia a formar asociaciones para defender intereses comunes”.

Hace tiempo que existen asociaciones regionales en destinos como Baleares, Canarias, Costa Brava, Costa Blanca, etc  y que nacieron con una vocación comercial derivada de la necesidad de agruparse para consolidar un destino plural en instalaciones y resultar apetitosos para el cliente extranjero. Y han realizado un excelente trabajo porque España es ya el segundo país del mundo en turismo de golf recibiendo más de 1 millón de turistas al año. Esto ya empieza a interesar a la Administración y es de reconocer que las administraciones regionales sí han apoyado y apoyan al sector desde el punto de vista de la promoción.

También existen hace tiempo asociaciones conformadas por diferentes actores de la industria, como son la Asociación de Gerentes o la de Greenkeepers.

En los últimos años nace también la Asociación de Campos de Golf de Madrid para posicionar Madrid (www.golfenmadrid) como un destino alternativo de turismo que compense al menos en una parte el negocio perdido, e irrecuperable, del cliente local. Pero también nace para compartir problemas comunes y ponerles soluciones.

De este modo estas asociaciones regionales comparten problemáticas comunes diversas y tratan de abordarlas desde la ventaja de ser un grupo, pero los verdaderos problemas que asolan a los campos de golf deben defenderse frente a la Administración Central.

Nunca es tarde. 125 años después de que el golf naciese en España lo hace la Asociación Española de Campos de Golf (www.aecg.com). En realidad ya ha cumplido 2 años, pero sigue siendo un recién nacido. Ya representa a 80 campos de golf de toda España, de socios o de turistas, grandes o pequeños, del norte o del sur, y sigue creciendo. Tiene mucho trabajo por delante, pero su simple existencia despierta ilusión y sus frutos a medio y largo plazo deben defender los intereses de los campos de golf para facilitar que sean viables, por el bien de sus inversores, de sus trabajadores y de sus aficionados.

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Tlf.: +34 916 205 016 • info@makinggolf.com • Club de Golf Retamares - Ctra. Algete-Alalpardo, Km. 2,3 - 28130 - Valdeolmos (Madrid, España)


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